La contradicción entre la retórica oficialista de Samuel García y la cruda realidad de la infraestructura urbana ha vuelto a manifestarse con fuerza en Nuevo León. Mientras el estado se encuentra bajo la mirada internacional y experimenta una efervescencia turística sin precedentes debido a la inminencia de la Copa del Mundo, el Aeropuerto Internacional de Monterrey sufrió un apagón total en sus tres terminales operativas. El incidente, ocurrido en plena hora pico de operaciones aéreas, desató el caos entre miles de viajeros nacionales y extranjeros, dejando al descubierto la fragilidad de los servicios básicos metropolitanos frente a las apresuradas obras gubernamentales.
Aproximadamente a las 21:00 horas, de acuerdo con los reportes directos de múltiples usuarios presentes en el recinto aeroportuario, un fuerte estruendo sacudió las inmediaciones de las instalaciones aéreas. Los testimonios iniciales coinciden en que la explosión se originó de forma externa, específicamente en la zona perimetral adyacente a las construcciones de la Línea 6 del Metrorrey. El estallido, presuntamente vinculado a un transformador de alta tensión afectado por las maniobras de la obra pública, provocó la interrupción inmediata y absoluta del suministro de energía eléctrica en las Terminales A, B y C del nodo logístico.
Caos en tierra: la bienvenida a la sede mundialista
A pesar de que los sistemas críticos de aeronavegación permitieron que los aterrizajes y despegues continuaran bajo estrictos protocolos de seguridad, la experiencia dentro de los edificios terminales se tornó rápidamente en una pesadilla logística. Los sistemas de aire acondicionado dejaron de funcionar, las pantallas de información de vuelos se apagaron por completo y los filtros de seguridad se vieron severamente ralentizados. La mayor crisis se concentró en las áreas de reclamo de equipaje y en las zonas de migración.
“Bienvenidos a la sede del mundial”, ironizó una pasajera afectada a través de sus plataformas digitales, calificando la situación en la Terminal A como deplorable. “Llegadas de vuelos internacionales sin planta de luz y estuvimos más de una hora esperando las maletas debido a que las bandas transportadoras estaban completamente inoperables”.
La indignación de los usuarios no se limitó únicamente al inconveniente del retraso, sino a la alarmante falta de capacidad de respuesta inmediata por parte del operador aeroportuario (OMA) ante una contingencia de tal magnitud. La ausencia de sistemas de respaldo automáticos y eficientes en áreas clave para la atención al cliente evidenció que la terminal no está debidamente blindada contra incidentes derivados del desarrollo de obras urbanas masivas a su alrededor.
Opacidad en los reportes oficiales
Fue hasta las 22:15 horas cuando la administración del Aeropuerto Internacional de Monterrey emitió un breve mensaje a través de su cuenta oficial en la red social X, limitándose a informar que las terminales ya se encontraban operando de manera normal. No obstante, el operador optó por omitir un reporte técnico detallado sobre el origen de la falla y evitó aclarar si la reanudación del servicio se debió al restablecimiento de la red general de la Comisión Federal de Electricidad (CFE) o al uso provisional de plantas de energía de emergencia.

Por su parte, la dirección de Metrorrey mantuvo un hermetismo absoluto durante toda la jornada, eludiendo confirmar o desmentir si sus contratistas o maquinaria pesada estuvieron directamente involucrados en la avería del transformador cercano a los trabajos de la Línea 6. Esta falta de coordinación y transparencia institucional ya no es una novedad para la ciudadanía regiomontana. El pasado 7 de enero se registró un desabasto energético idéntico en las Terminales A y C, atribuido en su momento a labores de mantenimiento de la CFE, lo que demuestra la recurrencia de un problema estructural que las autoridades han sido incapaces de mitigar de manera definitiva.
Un gobernador desconectado de las crisis de su estado
Mientras las terminales aéreas se sumían en la oscuridad y el desconcierto empañaba la imagen internacional de Monterrey a las puertas del torneo de futbol más importante del planeta, la jefatura del Ejecutivo estatal se encontraba en un escenario radicalmente opuesto. Esa misma tarde, el gobernador de Nuevo León, Samuel García Sepúlveda, acaparó la atención pública al anunciar de manera formal el inicio de un periodo de desconexión y asueto personal de un mes de duración, autodeclarándose en lo que denominó “modo party”.

El mandatario neoleonés argumentó que, ante la inminente llegada de la justa mundialista, es momento de que el estado se dedique exclusivamente a celebrar con música, futbol y festividades. Durante un recorrido de supervisión en diversos puntos de la capital del estado, García Sepúlveda incluso bromeó con los asistentes y medios de comunicación, asegurando de forma explícita que no atendería llamadas telefónicas en su celular institucional a lo largo de este periodo vacacional autoimpuesto, bajo la premisa de que no desea enfrentar “broncas” o conflictos políticos durante las semanas de fiesta.
Esta actitud displicente ha generado una oleada de severas críticas por parte de diversos sectores de la sociedad civil y analistas políticos. Se le reprocha al gobernador una profunda falta de sensibilidad y madurez institucional, puesto que la crisis de infraestructura del transporte, los incidentes viales vinculados a las megaobras y los recurrentes fallos en los servicios básicos exigen una supervisión ejecutiva permanente, en lugar de un repliegue festivo que abandona la gestión gubernamental en el momento de mayor exigencia logística para la entidad.





